domingo, 11 de marzo de 2007

DÍAS Y DÍAS

Hay celebraciones anuales que nos recuerdan la decadencia que empaña la sociedad. El Día Internacional de la Mujer Trabajadora es una de estas fechas absurdas que contribuyen a generalizar la idea de distinción entre hombres y mujeres. Emmeline Pankhurst, líder del movimiento sufragista británico de comienzos del siglo XX, en una manifestación convocada en Londres decía lo siguiente: “las mujeres debemos tener los mismos derechos que los hombres, puesto que ambos sexos pertenecemos al género humano, único e indivisible” y “hay que lograr el sufragio femenino, sin distinciones.”

Parece que el mensaje de las luchadoras democráticas se ha difuminado bajo la dictadura de movimientos sociales que esclavizan a la mujer. La Modernidad ideológica nos transmitió un mensaje claro: hombres y mujeres son dos caretas diferentes del género humano. Esclavizada durante siglos, la mujer se despojó de sus ataduras machistas, rompiendo la estructura simbólica social y logrando reconocimiento como ser humano absoluto.

Las mujeres están destinadas a liderar nuestra decadente sociedad. En cambio, las que supuestamente defienden la consecución femenina, están más preocupadas en correcciones ligüísticas (destruyendo el género neutro y rompiendo la indisoluble Humanidad) que en la verdadera promoción de la igualdad sexual. Leyes como las que establecen la paridad electoral, cierran las puertas de la política a millones de mujeres. La actividad gubernamental debe estar dirigida por los miembros del género humano más preparados de cada municipio, indistintamente de su sexo.

La diferenciación sexual era la excusa del hombre para ejercer su disciplina. Todos comprendimos, gracias a la labor decimonónica de grupos sufragistas y marxistas, nuestra pertenencia homogénea al género humano. En cambio, cuando las mujeres celebran días propios, están reconociendo su diferenciación, y se esclavizan en torno a un sexo preestablecido. Volveremos al esperpento de escuelas franquistas separadas por sexos....